Observatorio de neutrinos Super-Kamiokande, Hida (Japón)

Vivimos una primavera anómala. Anómala en lo sanitario, con la prolongación de una pandemia que ha alcanzado cotas trágicas en la India; anómala en lo climático, con la multiplicación de fenómenos extremos que hacen visible la gravedad de la crisis; y anómala en lo geopolítico, con un incremento de la tensión entre las potencias que amenaza la estabilidad del sistema. En contraste, la estación se ha iniciado con buenas noticias científicas: la eficacia de las vacunas, desarrolladas en poco tiempo con técnicas innovadoras; la solidez de la investigación sobre el clima, que ha impulsado programas ambiciosos en Estados Unidos y en China; y, last but not least, la detección de anomalías —estas estimulantes— en el comportamiento de los muones que ponen en cuestión el modelo estándar de la física de partículas, abriendo caminos nuevos en la explicación de las leyes de la naturaleza: la desviación atípica de los muones advertida en el Fermilab y la alteración en la descomposición de los mesones-B detectada en el Gran Colisionador de Hadrones del CERN son dos anomalías de extraordinaria fertilidad teórica.

Tanto el Fermilab de Chicago como el LHC (Large Hadron Collider) de Ginebra son aceleradores de partículas, gigantescos anillos que se extienden sobre el territorio o bajo él para poner a prueba las leyes de la física, y el último es de hecho la mayor máquina construida por el ser humano. Semejan ser construcciones, pero en realidad son instrumentos científicos de gran tamaño, algo que puede decirse también de muchas arquitecturas admirables, desde el observatorio astronómico de Jai Singh en Jaipur hasta la Torre Einstein en Potsdam, levantada por Mendelsohn para albergar experimentos que pudieran probar la teoría de la relatividad: es difícil no sentirse fascinado por las colosales antenas de radiotelescopios como el FAST chino, o los oníricos espacios interiores de observatorios de neutrinos como el Super-Kamiokande japonés, un cilindro de acero de 40 metros de altura y otros 40 de diámetro, enterrado a un kilómetro de profundidad, y que mediante 13.000 tubos fotomultiplicadores y 50.000 toneladas de agua ultrapura sirve a la vez a la física de partículas y a la exploración del universo.

Las anomalías de la vida cotidiana y las anomalías en el comportamiento de los muones están anudadas por el vínculo de la ciencia básica, soporte esencial de la investigación que nos suministra conocimientos objetivos y remedios eficaces ante los desafíos sanitarios y climáticos de nuestra época. Pero la razón científica, como testimonian los físicos geniales que desarrollaron la bomba atómica, no es capaz de dominar el caballo desbocado de las pasiones humanas y el conflicto político. Por una singular coincidencia, el último Premio Goncourt ha recaído en L’Anomalie de Hervé Le Tellier, un relato de ciencia ficción que a partir de un acontecimiento inverosímil explora las consecuencias en la vida ordinaria y en la verdad científica del desdoblamiento producido por una anomalía. El libro se encabeza con una cita: «Il est une chose admirable qui surpasse toujours la connaissance, l’intelligence, et même le génie, c’est l’incompréhension». En estos tiempos anómalos, aquello que no se entiende proyecta una luz oscura que cuestiona la rutina de las ideas recibidas y es al cabo una promesa de conocimiento.


Acelerador de partículas del CERN, Ginebra


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