Opinión 

Hormigón sostenible

Luis Fernández-Galiano 
31/10/2009


¿Se sostiene el hormigón? La ambigüedad deliberada del título expresa a la vez incertidumbre y deseo. No sabemos bien si podemos reconciliar la actual producción de cemento —extraordinariamente intensiva en energía, aunque a efectos prácticos inagotable en su materia prima— con el concepto elusivo y equívoco de sostenibilidad, así que nuestro título hace un juego de palabras con la capacidad portante del hormigón. El hormigón sostiene y se sostiene, y su robusta resistencia nos sirve para difuminar la difícil cuestión de su impacto ambiental, que las grandes empresas cementeras procuran abordar mediante ambiciosos programas de investigación y un énfasis decidido en la innovación. Pero el término ‘sostenibilidad’, irrenunciable en el vocabulario de la corrección política, encubre hoy tantas ficciones que quizá deberíamos siempre mencionarlo entre comillas, aunque sólo fuese para establecer una pausa escéptica entre sus promesas y sus logros. 

Al cabo, la construcción ejerce siempre violencia sobre el territorio, y sus procesos tienen un componente de irreversibilidad termodinámica que debe obligar a emplear con cautela la profusa panoplia léxica asociada a la sostenibilidad biempensante. El que la entropía tienda irremediablemente a incrementarse y el que cualquier uso de la energía inevitablemente la degrade podría desde luego alimentar una cierta melancolía resignada, y una dócil actitud de aceptación de esa cosmovisión elegíaca, de suerte que abdicáramos de nuestras modestas responsabilidades históricas para abandonarnos a la implacable corriente que nos arrastra hacia la muerte térmica del universo. Sin embargo, ese pesimismo termodinámico no debería impedir en ningún caso el esfuerzo por usar de manera más económica y racional los siempre escasos recursos materiales y energéticos del planeta, al objeto de poderlo habitar de forma menos brutal y depredadora. 

El hormigón, como otros muchos materiales contemporáneos, combina la dilatada historia de su empleo en la edificación con una prolija trayectoria reciente de sofisticación productiva y tecnológica, de manera que resulta ser a la vez muy antiguo y muy moderno: en ese rostro de Jano bifronte reside probablemente el atractivo plástico que hoy ejerce sobre todos nosotros, al ser capaz de aunar su naturaleza intemporal con la novedad inesperada de sus tratamientos, transparencias y texturas. El hormigón bruto y masivo que habitualmente asociamos a la ingeniería y a las obras públicas es en la actualidad un producto insospechadamente delicado, exquisitamente atento al medio ambiente, e indudablemente seductor si se trata con sensibilidad y con inteligencia. Sostiene y se sostiene, tanto material como estéticamente, y aspira a ser razonablemente sostenible, por más que la terca termodinámica nos advierta de los límites de nuestro empeño.


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